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El evento «Expo Industrias», en el marco de su sexto congreso, fue escenario de un intenso debate sobre la «economía real en la era Milei», explorando los desafíos y oportunidades que enfrentan los actores productivos argentinos. Moderado por Daniel Rosato, presidente de Industriales Pymes Argentinos (IPA), el panel contó con la participación de Guillermo Moreno, exsecretario de Comercio, y Rodolfo Llanos, presidente de la Unión de Emprendedores de la República Argentina, quienes expusieron visiones marcadamente contrapuestas sobre el camino a seguir para la alicaída industria nacional y el sector emprendedor.
Daniel Rosato inició el conversatorio describiendo el difícil panorama actual para la industria argentina, marcada por la falta de productividad, la caída del mercado interno y los altos costos de producción, que hacen inviable la competitividad de las PYMES. En respuesta a este «vacío» estatal, IPA ha presentado el proyecto RIPI (Régimen de Incentivo a las Inversiones para las Pymes Industriales), buscando medidas para la recomposición económica. Rosato ejemplificó la crisis con el disparo del costo de la energía, reportando aumentos del 150% en tres meses para su empresa, de 50 a 174 millones de pesos mensuales, debido a ítems como el Mercado Eléctrico Mayorista (MEM). Esta suba, sumada a la falta de demanda, impide trasladar los costos al producto final, afectando la rentabilidad. Además, lamentó las altísimas tasas de interés bancarias (80%) que impiden la financiación.
Por su parte, Rodolfo Llanos, representando a los emprendedores, pintó un panorama aún más desolador, describiendo a su sector como los «invisibles e inexistentes de gobierne quien gobierne». Señaló que la mayoría de las empresas comienzan como pequeños emprendimientos, pero Argentina ha perdido un número alarmante de ellas desde 2001 (de 800.000 a 526.000, con más cierres que aperturas anuales). Llanos criticó la falta de datos confiables y de inversión real para los emprendedores, destacando que la poca inversión extranjera que llega es porque los propios emprendedores la buscan, y que los planes oficiales suelen ser solo cursos de capacitación o financiamientos con tasas usurarias (ejemplo: 250.000 pesos a más del 300% anual).
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Para Llanos, el problema central radica en que los emprendedores «no existen para la economía», solo para la AFIP que bloquea cuentas o los municipios que imponen «500.000 escollos» para habilitaciones. Su principal queja es que los problemas del sector se deben a las leyes laborales con juicios «astronómicos y discrecionales», las barreras municipales y las retenciones a la propiedad y la rentabilidad. «Sin un sistema productivo que respete la propiedad y la rentabilidad como una característica suprema no se puede construir», afirmó, añadiendo que «la plata y la propiedad se tienen que empezar a respetar». Asimismo, denunció que la prosperidad empresarial en Argentina a menudo depende de la cercanía con el poder político y la obtención de beneficios, criticando el «efecto derrame» que no llega a la base productiva.
Guillermo Moreno basó su exposición en una visión macroeconómica y geopolítica radicalmente distinta, afirmando que el mundo ha ingresado en un «nuevo orden» consolidado hace apenas cinco días con una reunión clave entre Putin y Trump en Alaska. Este nuevo orden, según Moreno, sepultó la «globalización» iniciada en los ’80, que él describe como un modelo donde «unos producen y otros consumimos». «El mundo ya definió para dónde va», sentenció, subrayando que esta nueva era acepta la reindustrialización y el retorno de la importancia del trabajo, algo que Argentina, desde su perspectiva, ya venía haciendo al «defender el trabajo argentino» durante su gestión.
El exfuncionario fue categórico al afirmar que las políticas que él implementó, defendiendo el trabajo nacional, son precisamente las que ahora adopta el mundo, citando como ejemplo las retenciones (impuestos a las exportaciones) y aranceles impuestos por Donald Trump a productos y chips. Moreno sostuvo que, si fuera Ministro de Economía, las medidas fundamentales para proteger y desarrollar la industria serían resolver dos precios sensibles: la energía abundante y barata, y los alimentos básicos abundantes y baratos. Argumentó que el precio de la energía es el costo más relevante por unidad vendida, no la mano de obra. Para lograr alimentos baratos, Moreno defendió el rol de las retenciones, relacionándolas con el concepto de «bien común» y criticando el «sistema feudal» de la renta de la tierra, donde los dueños de la tierra en la Pampa Húmeda se llevan hasta el 50% de la producción sin asumir riesgos.
En una respuesta directa a Llanos, Moreno afirmó que «todo lo que dijo el caballero… es el mundo viejo», y que la «cantinela» sobre leyes laborales y la imposibilidad de movimiento por el «costo de oportunidad» (que calificó de «absurdo» inventado por «marxistas y banqueros») no se aplica al nuevo escenario global. En su visión, la rentabilidad empresarial se define «en el subtotal de la factura», y las empresas quiebran por falta de ventas, no por lo que «va a pasar». Concluyó que el nuevo mundo es «plenamente favorable para los intereses nacionales», pues «vuelve la defensa del interés nacional» y «sin industria no hay nación», anticipando incluso la posibilidad de recuperar las Malvinas en este nuevo contexto geopolítico.
A pesar de sus diferencias, el debate resaltó una preocupación compartida por los panelistas: ¿quiénes son los verdaderos beneficiarios de las políticas económicas? Llanos insistió en que el sistema productivo argentino está sesgado hacia «200 grandes empresarios» que tienen una silla con el gobierno de turno, y que las empresas «no se desarrollan por la competencia, sino por la cercanía con el político de turno». Daniel Rosato, al finalizar, recogió este hilo, argumentando que Moreno, en su exposición sobre la defensa del mercado, «le dio la razón» al mencionar que las medidas se toman por las grandes empresas (La Serenísima, Sancor, Mermeladcor), mientras las PYMES lácteas enfrentaban «mil y una noches» para importar precursores.
Moreno rebatió, aclarando que las grandes industrias a las que se refirió (con «miles de trabajadores») solicitaban protección por el sobrante de producción extranjera que ingresaba al país, afectando a la totalidad de la industria nacional. Afirmó que PIMEL (que nuclea a PYMES lácteas) también era atendida por él, pero que las PYMES no hacían quesos «premium», una diferencia clave en el mercado.
El acalorado intercambio dejó en claro la urgencia de soluciones para la crisis económica argentina, aunque las visiones sobre el diagnóstico y las herramientas para superarla siguen siendo profundamente divergentes entre los distintos actores de la «economía real».